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Oct
27

“La Nación” ideológica

Autor // Administrator

CAICYT-CONICET
Alumno: Daniel Armando López
Curso: Los Medios de Comunicación como actores políticos: Desafíos para el análisis actual en sociedades latinoamericanas
Desde el 9 de Abril al 2 de Agosto de 2013
Título: “La Nación” ideológica
En este trabajo, vamos abordar lo que significa desde el punto de vista contextual socio-político, el aporte ideológico del diario La Nación al Golpe cívico-militar y su gobierno a partir de 1976, llegando con este análisis hasta nuestros días. Lo haremos referenciando algunas editoriales que consideramos estratégicas en lo ideológico, para destacar algunas categorías semánticas utilizadas en su discurso como herramientas de justificación y coincidencia con ese actuar.
Llegando a un eje esencial de conflicto, cuando a partir de la reconstrucción de la memoria colectiva en la sociedad argentina, que comienza en 1983, con un interregno en la década del noventa, llega a su cenit con la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, en el 2004, bajo el gobierno democrático de Néstor Kirchner.
Primero, vamos analizar de que ideología estamos hablando, al respecto citamos a Rafael del Águila que nos dice, “hoy día, y siempre, lo que mandan, los que ordenan, los que dirigen la carrera de los ideales no saben hacerlo sin adoptar el aire de ser meros ejecutores de órdenes más elevadas”, hacemos énfasis en este tipo de actitud ideológica, que fue trasferida a los contenidos de algunas editoriales claves, por parte del diario La Nación.
Agregamos a ello un párrafo de Jurgen Habermas altamente significativa para lo que significa esa ideología, “En las sociedades de clases tradicional y del capitalismo liberal impera, más bien, la forma ideológica de la justificación que afirma-o bien supone- contrafácticamente una capacidad de generalización de los intereses”, referimos este texto, a los efectos de mostrar claramente lo que el Diario la Nación ha pretendido siempre generar desde su discurso.
En lo testimonial a este análisis lo vamos a sustentar, principalmente, en el trabajo académico que la cátedra desarrolló en la Clase 4 del Dr. Marcelo Borrelli. Haremos referencias a esa clase, para señalar la utilización ideológica de esa perspectiva y el mensaje político que el referido Diario generó, sobre todo ante la reapertura de los juicios por violaciones a los derechos humanos en Argentina; editoriales que cubrieron principalmente el periodo 2003-2007, sin perder de vista algunas referencias de editoriales en el periodo militar de 1976 a 1983.
Haremos algunas consideraciones conceptuales que creemos pueden aportar a esa memoria colectiva y a enriquecer el debate discursivo ante lo expresado por el diario la Nación.
Es indudable que para desarrollar la genealogía de una línea ideológico-política a través de sus editoriales principalmente, tenemos que remitirnos al mensaje y significación política que dio La Nación durante los años de la dictadura militar y su correlato: el terrorismo de estado. La Nación no perderá nunca la línea ideológico-editorial que inició desde su fundación, en el siglo XIX, hasta nuestros días y donde la Dictadura militar fue una etapa más de esa trayectoria.
Dos categorías analíticas vamos a sustentar ,que a nuestro entender, dan cuenta de lo que justificó el discurso del Diario y que ocurrieron durante la etapa “procesista”: la violencia y el genocidio en Argentina, y cuya lógica discursiva continua , sin perder su esencia durante el gobierno democrático del Dr. Kirchner ,cuando se derogan las leyes de Punto Final y Obediencia, promulgadas por razones políticas en años anteriores ( Gobierno radical 1983-1989), dentro de la democracia iniciada en 1983, pero que seguía poniendo un manto de oscuridad e intento de olvido a ese periodo nefasto para la mayoría de la Sociedad argentina.
Después del golpe de 1976 el lugar que ocupó el Diario fue el de sostener que: el eje justificador de la interrupción del orden institucional fue la lucha contra la subversión ya que ponía en peligro “el orden” y un “estilo de vida”, y de esa manera el gobierno militar “preservaba la tradición de libertades suscritas en la Constitución Nacional”, ante “el desgobierno” que ejercía Isabel Perón.
Es imprescindible significar este pensamiento, ya que nos conduce a una ideología liberal singular, que podemos fundamentarla operativamente como un liberalismo conservador. Su razón suficiente es sustentar: “la tradición de libertades y lo que significa la Constitución nacional, en nuestro país, que se hizo en el interés de crear una república liberal en lo político y conservadora en lo social”, de esta manera como dice Habermas se intenta generalizar sus intereses.
Esto se deduce de las editoriales estratégicas que produjo el diario en ese periodo 1976-1983, que dieron cuenta claramente que los valores que se querían rescatar eran los que favorecían los intereses de los tradicionales lectores de ese diario.
La manipulación del discurso
Destacamos para este análisis lo que señala Cesar Díaz coincidiendo con lo que afirma Mar de Fontcuberta y Borrat, respecto a la necesidad de manejar “puntos ciegos” en la información y en la formación del mensaje. Concretamente en la manipulación del discurso del diario La Nación, “La creación de puntos ciegos constituye el instrumento esencial del que se sirven los regímenes opresivos para soslayar los datos que amenazan la versión oficial. Y para ello definen un marco de referencia que delimita lo que resulta admisible, dejando fuera de él lo subversivo, o incluso, eliminándolo por completo”.
Desde estas ideas podemos afirmar que el Diario La Nación es parte de la política ideológica disparada a partir de 1976, siendo un arsenal conceptual de justificación y bloqueador de información de lo actuado por el proceso militar.
Su rol de partícipe necesario en el proceso militar es coherente con lo que afirma el mismo diario La Nación respecto a que “las columnas editoriales de un diario son el espacio reservado para que el director o el editor de la publicación exprese su opinión sobre temas de interés para la comunidad (…) Los diarios que incluyen editoriales poseen, por lo común, una mayor influencia sobre la opinión pública y los poderes privados y oficiales”.
Aquí claramente aparece la intención explícita de ese criterio, dado que el diario pretendió influenciar y explicar los objetivos del gobierno militar, su accionar y tratar de cohesionar diversos aspectos que “el interés de su clase reclama”, de ahí su vocación y vehemencia formativa e informativa.
Como bien lo destaca Sidicaro , La Nación buscó y busca consolidar el “contrato” establecido por este medio con el lector, ya que importa el acto ritual de la decodificación de los hechos sociales para organizar la realidad y su interpretación, para que ese lector “calificado” tenga más argumentos para apoyar el fenómeno que estaba aconteciendo.
Por lo tanto el fragmento de Díaz , sobre que “…el editorial interpreta al lector la noticia del día y señala su significado”, es el eje que debemos abordar en este caso en el análisis de las editoriales que nos ocupan y significar que entiende este medio por interpretar la noticia del día, como la califica, como lo construye y sobre qué sistema de ideas construye un significado; para qué y para quien.
Debemos también tener muy en cuenta, como en un momento de retroceso de los intereses, en este caso, los de la Nación y sus representados a partir del 2003, sobre todo con los hechos que se proyectan en el nuevo escenario político-ideológico (democrático, popular y colectivo), su línea editorial se va reconfigurando sin cambiar la esencia y el sentido de los valores últimos del discurso neoliberal-conservador.
Podemos destacar que el momento de retroceso de esta ideología, en el caso que nos ocupa de índole ideológico-político, es cuando en Argentina asume el presidente Néstor Kirchner (2003), quien genera en el campo de los derechos humanos, una revisión y resignificación desde el campo popular, reimpulsando las denuncias sobre los vejámenes, asesinatos, desapariciones y despropósitos que el gobierno cívico-militar desde su terrorismo de estado había realizado y los necesarios juicios que debían realizarse.
El mayor punto de inflexión, fue la revisión de los hechos fatídicos del gobierno militar y como consecuencia el gobierno democrático del 2003 deroga las leyes de: Punto final y de Obediencia debida. Esta derogación se realizó democrática y constitucionalmente, es decir, aprobando esta instancia con una ley promulgada por la mayoría de las cámaras legislativas.
Ello se impulsa sustancialmente, desde los movimientos sociales y el gobierno, con la consigna de “la recuperación de la memoria” histórica y revisar profundamente lo ocurrido en Argentina entre 1976 y 1983 principalmente.
Este eje de la recuperación y vigencia de la memoria colectiva-popular es fundamental, ya que en cualquier gobierno neoliberal se hubiese encargado de arrinconarla en un intento de olvido y por lo tanto de “deshistorificacion de la realidad”, como se hizo durante la década de 1990.
Ya a partir del proyecto de esta derogación se hace evidente el grado de conflictividad comienza a aparecer entre el medio gráfico que nos ocupa y el gobierno democrático de esos años. La cátedra va reconstruyendo analíticamente los diferentes pasos que de algún modo aportan para desarticular los tres núcleos temáticos que manejó el matutino en sus editoriales: “la reconciliación por sobre la Justicia”, “la justicia completa” y “la justicia ideologizada” , que por razones de economía de espacio los citamos solamente.
Tenemos que reconocer que estos tres momentos tienen un subrayado común, defender y proteger los intereses de sus representados ideológicamente.
Al abrir la memoria de una comunidad es imposible fácticamente cercenar la posibilidad de revitalizar los hechos históricos, sobre todo en este caso de los derechos humanos desde el lugar de lo colectivo y/o publico en sentido amplio, vertical y horizontalmente.
“La Nación” con vehemencia, mostrando siempre su interés de clase, intentó demostrar que esta estrategia por parte del gobierno democrático: de poner en vigencia jurídica la cuestión de los derechos humanos que generaba como consecuencia la nulidad de las leyes referidas, atentaría contra “la reconciliación nacional”, encontrando en este mensaje “una herramienta contrafáctica”, al decir de Habermas,
Porque las banderas de una reconciliación nacional, expresará este Diario, lograran “la necesaria pacificación nacional” y de esa manera se irían “cerrando las heridas del pasado”.
De esta manera distorsionaba el verdadero origen de la no reconciliación y sus causas, dado que veníamos de una falta de reconciliación que había existido, sustentada en una violencia de estado entre 1976 y 1983, que quienes la habían producido eran los mismos que proponían cínicamente esa reconciliación.
Estamos señalando claramente la intención socio -política de cerrar la memoria de los pueblos.
Podemos señalar que esta estrategia discursiva es muy común en los gobiernos y las políticas de interés liberal, neoliberal, conservador o neo conservador. Porque la historia que debe existir, será construida de la manera que esta ideología la concibe, “una historia sin hechos”.
En ese contexto, como bien señala la cátedra, La Nación eligió conscientemente un tono explicativo y un tono admonitorio que busca subordinar desde esta perspectiva ideológica, al conjunto de la sociedad argentina.
Esta manipulación no es novedad en intereses de este tipo, dado que es necesario crear un ambiente de incertidumbre y temor que paralice y por lo tanto no se tomen decisiones, desarrollando un discurso para que los datos modifiquen los hechos y no a la inversa.
Un acto de violencia claro y distintivo, en el campo del discurso, propio del pensamiento liberal conservador.
De ahí deducimos, por ejemplo, que el lector de este Diario se puede señalar como un lector que no busca noticias sino herramientas ideológicas que justifiquen su interés de clase ya sean materiales como intelectuales.
Podríamos en este caso hacer una diferenciación con el Diario el Clarín, que hemos estudiado durante el curso, donde sus objetivos eran tratar de imponer una política al gobierno militar, sobre todo económica de tipo desarrollista, a diferencia con el Diario La Nación cuya intención era la de proteger y justificar una política conservadora con tintes neoliberales tradicionales. Más allá que ambos medios jugaron como aliados del gobierno militar.
La Nación clasifica y elige algunos hechos, los resignifica, y los presenta dentro de una realidad discursiva descontextualizada.
Desde ese lugar utiliza un estilo admonitorio que trae la idea de “lo inevitable”. Traducido en las editoriales del diario La Nación, las admoniciones las colocan en grado de pontificación, generando un relato que apunta directamente a la modificación de la realidad desde lo ideológico (nada más, ni nada menos) y su reinterpretación sustenta razones únicas válidas y casi absolutas.
El deber-ser de la modernidad capitalista traducida ideológicamente en el momento neoconservador del Diario La Nación es la “apropiación” de valores que vuelca en sus editoriales y cuyas consecuencias de no reconocerlas para la sociedad argentina se traducirán en “inevitables”.
En este tipo de ideología, su fuente es la modernidad capitalista, donde la razón construida por “la elite que acumula y excluye” es la herramienta y único camino posible para interpretar y modificar la realidad, incluso se coloca como una centralidad que anatematiza y clasifica que es lo bueno y lo malo, lo cercano y lo lejano, el nosotros y el otro.
Respecto a estas categorías vamos a tratar de explicar cómo se trató el conflicto entre el gobierno de Néstor Kirchner y luego de Cristina Fernández, (el cual estamos transitando), y el Diario La Nación.
Nos vamos a afirmar ligeramente que es oportunista o acomodaticio el contenido de las editoriales, sino que se responde a principios que la han dado al Diario La Nación el rol de factor de poder como herramienta permanente de consolidación de una ideología que protege los intereses de las elites desde mediados del Siglo XIX hasta nuestros días.
Es por ello que tenemos que sopesar siempre la densidad “del sentido del discurso” que quiere instalar el Diario y que muchas veces lo ha logrado.
La cátedra indica, con buen tino, que el destinatario de los mensajes admonitorios fue al poder político representado en Kirchner y el poder judicial, y que se transmitía editorialmente como “total desacuerdo con la derogación de las leyes de Punto final y de Obediencia debida”, desconociendo claramente el rol político de una democracia mayoritaria opositora a sus principios.
De esta manera, siempre se concebirá como un factor de poder, dado que busca condicionar la política del gobierno de una forma que va a traducir la misma lógica ya sea cuando editorialice sobre el alcance de los derechos humanos buscando su inclusión en la decisión de los protagonistas sospechados (militares y grupos paramilitares), como la exclusión de la memoria de los tiempos de la dictadura militar.
Acá encontramos que, más allá de tener como interlocutor un “lector calificado”, también reconoce como interlocutor al poder del gobierno de turno. Siempre la consideración los reclamos y el sentimiento del conjunto del pueblo se excluyen. Hablamos de una conducta discursiva hacia lo superestructural del estado.
Cuando en la editorial del 18-05-2003, días antes de la asunción del Gobierno de Néstor Kirchner quien proyectaba la idea de una democracia para todos y por consecuencia a un gobierno para todos, La Nación quiere colocar a sus representados en centro de la escena política, señalando el curso que deben seguir los acontecimientos e indicar: lo que no se debe hacer y que considera “Muy peligroso” , por ejemplo que se involucre jurídicamente a los sectores partícipes en el proceso militar que ejercieron el terrorismo de estado, y para que esto no ocurra, aparece “la recomendación admonitoria” al gobierno entrante: “que no caiga en reduccionismos ideológicos, trasnochados y claustrofóbicos” , por las consecuencias que ello va a tener.
Esto no es un tema de audacia o temeridad, es un tema estrictamente ideológico de lo que significa una conciencia pretendidamente hegemónica que quiere socio-centralizar a su clase y condicionar al gobierno de turno.
Todas estas actitudes son las razones valederas para poner al país en estado de conflicto y violencia ideológica, siempre en un intento de provocación que invertirá los roles de los actores de la misma, los victimarios deben transformarse en víctimas.
Señala Bourdieu que “el neoliberalismo busca la verdad en las cosas de la lógica”, es decir dentro de un discurso que le es propio ideológicamente, en vez de buscar la lógica en las cosas, es decir en los hechos.
La Nación busca la necesaria incorporación en un debate igualitario a quienes son victimarios entre 1976 y 1983, apelando a una “racionalidad sin valores” que tiene pliegues realmente notables en la manipulación del discurso, mostrando una madurez estrategia-discursiva digna de analizar y combatir en el tratamiento mediático de este tipo de conflictos, ya que se coloca por arriba del protagonismo represivo de ese periodo, cuando fueron parte del mismo, desde el discurso que construyeron en sus editoriales.
Esta razón interesada crea una determinada lógica, que es patrimonio de un “singular nosotros” que excluye a un “otro”. Ese “otro” son aquellos que conforman todo el conjunto ciudadano de la nación.
Por ello que el Diario la Nación al ver que llegaba un contexto de singular democracia social, dispara la advertencia al gobierno que asumía a partir del 25 de Mayo de 2003, quien aparecía con la intención inclaudicable de abrir el camino para la memoria y la verdad pragmáticamente y comienza a recuperar los derechos de justicia para “el nosotros” nacional, popular y democrático, es decir a la sociedad argentina que fue víctima de la represión por esas fuerzas dominantes oligárquicas.
El trabajo analítico sobre el discurso expresado en las editoriales es muy interesante por la manipulación que se genera y donde “un tipo de razón” aparece como la herramienta justificante de la opresión y en este caso de la represión, por ejemplo cuando “se opone” la Nación a lo que llamará lo emocional y el fanatismo, que con habilidad discursiva lo coloca como patrimonio de ese “otro”.
Se necesita superar en el debate argumentativo esta inversión de valores, ya que este estadio emocional y fanático, desde su lugar, la elite neoliberal conservadora lo señala como: los errores de ese “otro”. Cuando ese “colectivo elitista” fue el que llevó adelante esta política sistemática de violencia y terror, alentados, eso sí, por un fanatismo y una emocionalidad en el hacer que contaminó hasta el hartazgo criminal todo el accionar represivo; culminando en el “Terrorismo de Estado”.
En la historia de la modernidad capitalista podemos encontrar fanatismo y racionalidad emocional hasta nuestros días en América, la esclavitud laboral, la explotación del campesinado, el genocidio indígena, la explotación del inmigrante, la discriminación racial y de género, en fin mecanismos naturales de la explotación capitalista, que en el caso de América, incluyendo Argentina, por sus características, podemos denominar el Capitalismo Colonialista. O colonialismo a secas, que también traducimos en neocolonialismo o colonialidad en la actualidad.
Memoria-Verdad-Justicia
Vamos a ver, que respuestas editoriales dio La Nación ante el reclamo de los organismos de derechos humanos y movimientos sociales, que el Gobierno, a partir de 2003, hizo que comenzaran a responderse, impulsando institucionalmente la necesidad de hacer efectiva la recuperación de la memoria colectiva que lleve a la verdad y que esa verdad desemboque en efectiva justicia por los crímenes de lesa humanidad ocurridos entre 1976-1983 principalmente.
El gobierno democrático resignifica claramente lo que, implícitamente, resulta del universo del ejercicio de la Memoria, que son la Verdad y la Justicia, ese universo que había sido negado, ocultado y distorsionado en sus significantes y que manejó el diario La Nación, sobre el genocidio y el terror del estado.
Para el Diario La Nación, Memoria significaba un camino de poner en superficie “Los enconos del pasado” por lo tanto argumentó la prioridad de “la reconciliación nacional” que significaba seguir poniendo un telón a la historia.
De esta amanera nos permite comprender otra categoría que debemos considerar de la ideología Liberal conservadora, y es “la deshistorificación de la realidad”.
Al anular la historia, la verdad se construye ideológicamente no se testimonia, y es ahí donde las editoriales de este Diario buscaban las justificaciones necesarias, en “las cosas de la lógica”, por lo tanto nos enfrentamos con distorsiones semánticas para imponer “otra verdad” de lo que había acontecido. Es decir se construirá un relato ad-hoc a sus intereses y por consecuencia la negación de desarrollar una historia crítica.
De esa manera, la búsqueda de Justicia queda invalidada y por consecuencia no habría castigo a los delincuentes de lesa humanidad, porque no hay historia que lo testimonie. “Se debe” interpretar la realidad desde la ideología, solo se debe asimilar el discurso, que se construye desde la lógica informativa y admonitoria de ese liberalismo tradicional.
En el caso de la Justicia, es importante destacar que estamos ante una cuestión también constitucional, donde el Diario La Nación solicita a través de su línea editorial que la justicia funcione como órgano independiente, respetando la división de poderes que establece la constitución.
En este caso estamos ante un acto de enmascaramiento (otra característica del discurso liberal), dado que el poder judicial representado en lo máximo en su Corte Suprema, en la mayoría de los tiempos de la historia de nuestro país, sobre todo a partir de 1853 respondió a los intereses de los sectores agroexportadores y oligárquicos.
Apelar a estas argucias negadoras, nos tiene acostumbrado este medio, cuando nos habla de los valores tradicionales que sustentan “La República”. Por lo que tenemos que debatir: que se entiende por valores tradicionales y como se concibe a la republica desde esa perspectiva ideológica, para generar contrarespuestas desde una visión popular y democrática.
Realmente, de acuerdo a un análisis semiológico, la manipulación que una ideología realiza sobre los hechos demuestra claramente que se debe estar atento y vigilante a que no se diluya la verdad en el discurso en sí mismo y su sentido. La estrategia desde el campo popular es: lograr a través de la investigación: verdad y justicia sobre los hechos acontecidos.
El Diario La Nación operó, por ejemplo, en la resignificación de la realidad para condicionar el actuar de la justicia, construyendo el relato de “la teoría de los dos demonios”, donde la guerra sucia y genocida se justifica, quería instalar la idea de dos polos enfrentados militarmente, uno caracterizado por la defensa de los valores republicanos el cual suscribe este medio gráfico y el otro por un sector que a través del “ejercicio de la subversión” ponía en peligro esos valores.
Son muchas las pruebas de este tratamiento semiológico, por ejemplo, como se denominaba a los represores y como a los integrantes de la lucha armada, unos eran los militares y para afirmarlo con énfasis en el interés de salvaguárdalos “militares argentinos”, y a los militantes de la lucha armada se los llamaba subversivos, es decir aquellos que querían subvertir el orden social y la forma de vida de los argentinos, podríamos decir que se los colocaba como la antiargentino y apátrida, “lo opuesto a”.
Implícitamente el Diario La Nación “situaba” a aquellos que no apoyaban el accionar militar como cómplices de esta “subversión” que se pretendía en contra su “república”.
Más aún, si no se aceptaba esta teoría esgrimida desde el Diario se atentaba contra la “paz Social” por lo tanto era una actitud “disolvente” del ser nacional, condenada por una sociedad construida e inventada por esta razón ideológica.
También esta ideología sabe construir fantasmas y amenazas del “otro”.
Este discurso de admonición debe ser estudiado dentro del marco de: como se opera ideológicamente desde una actitud que responde a pensarse como centro, en este caso, de la verdad histórica y como centro de la salvación de una nacionalidad y “un estilo de vida”. Discurso salvífico que La Nación sostenía contra el peligro de la disolución nacional, los valores occidentales e indicando el “deber ser” ciudadano que se necesita para “sostener los valores” de la nación
Podemos observar que todos estos argumentos, en el Diario, se producen también en un contexto de plena democracia, donde surge el compromiso inclaudicable de la defensa a ultranza de los derechos humanos, llevando adelante el juicio, condena y castigo a los hacedores de los genocidios vividos.
Acá es donde la democracia aparece contradicciones que muestra claramente que este contexto democrático también permite, lo que De Sousa Santos denomina Fascismo social “ El fascismo societal no sacrifica la democracia ente las exigencias del capitalismo sino que la fomenta hasta el punto en que no resulta necesario, ni siquiera conveniente, sacrificarla para promover el capitalismo. Se trata, por lo tanto, de un fascismo pluralista” que sostienen la expresión y la defensa de intereses que podríamos denominar antipopulares e elitistas. No olvidando que estos actores mediáticos doctrinarios fueron protagonistas en casi todos los momentos históricos desde que nació la República.; como es el caso del Diario la Nación. De allí el compromiso de desenmascarar las intenciones de la elite y sus intereses.
Existen lógicas, que están en la forma de expresarse en el campo de las significaciones, que acompañan y son creadas por intereses antipopulares y hasta podríamos decir, en el caso de La Nación, antinacionales, por su vinculación a través de su trayectoria con intereses extra nacionales o transnacionales en contra de los intereses de las grandes mayorías, barnizadas con el argumento de la defensa de los intereses de la sociedad occidental.
En esa lógica es donde la víctima se transforma en victimario, y viceversa, lo que permite la arbitrariedad, la represión indiscriminada y su justificación ideológica.
Por ejemplo, Cesar Díaz nos habla de los subjetivemas que se construyen en el discurso y donde se pueden, a partir de las valoraciones interesadas, en este caso en La Nación que construye significados como “el orden”, “los principios republicanos” y otros “valores”, que en la forma que se enuncian nos dan clara cuenta del camino de la ideología que transitan.
Esos subjetivemas en el discurso de una editorial neoliberal-conservadora como los del Diario de referencia, tratan de generalizarse e universalizarse desde el sentido que la ideología le da.
Incluso Díaz también nos habla siguiendo a Maingueneau , que hay construcción de subjetivemas que tienen la características de armar pares antagónicos es decir: sí o no, blanco y negro, no dejando espacio para la critica en el campo del discurso de lo vinculante entre los opuestos, señalando que son partes complementarias pretendiendo construir pares originales es decir oposiciones a las que no se pueden renunciar, para colocar al lector subjetivamente de un lado o del otro.
Alain Touraine lo ejemplifica a este tratamiento de opuestos como producto ideológico de la modernidad capitalista donde la oposición de categorías es el elemento constitutivo de la ideología, al respecto nos dice: “Occidente también ha sido el mundo de la ruptura total. La construcción de las categorías sociales de la acción y del pensamiento respondía a un principio central: polarizar, oponer lo positivo a lo negativo, la razón y la locura, el hombre y la mujer, el que posee el capital y el que trabaja, el colonizador y el colonizado, etc.”.
La Nación y su ideología, trasuntada en su trabajo editorial siempre se han destacado como incentivador ideológico de esta polarización, elaborando un discurso único y clasificatorio, oponiéndose a un discurso crítico en el proceso comunicacional que desarrolla.
Debemos decir consecuentemente, que desde el punto de vista comunicacional ejercer este tipo de construcciones es una manera de construir violencia en el mensaje y a partir de ello cuando hablamos de este tipo de editoriales de índole política, se está ejerciendo violencia , porque estamos abonando el “enfrentamiento” de opuestos construidos.
¿Dónde reside esa violencia política en el discurso?, en desconocer los derechos del “otro”, que es “lo opuesto”, por lo tanto hay que descalificarlo y deslegitimarlo, no preguntándose por el sentido de su accionar. Se debe silenciar su historia y promover un discurso de ilegalidad sobre el hacer de ese “otro”.
La Nación protege argumentativamente este tratamiento a través de sus editoriales, donde en última instancia no es el accionar de los militares lo que se defienden sino a sus propios intereses, y sus editoriales estratégicas van como resguardo de esa línea discursiva.
A todo lo referido anteriormente podemos agregar que la línea política del Diario La Nación como bien señala Sidicaro, “desde 1909 abandonaría la militancia partidaria y procuraría”, al decir de este autor, y tendrá la actitud de “Mirar la política desde arriba”, hablando y asumiendo que ellos son los propietarios o creadores de la doctrina que defiende la instituciones y dueños de los medios que estimulan el adelanto del país, en sus más variadas manifestaciones, político, social, cultural todos son objeto de su desvelo. Si no fuese así, no cumplirían con sus obligaciones para con “el pueblo”.
Lo que claramente resulta es, el Diario La Nación en nuestro país: que no es vocero y transmisor, es decir “hermesiano” en palabras de Díaz , sino parte principal ideológica, conceptual y doctrinariamente, que vuelca un mensaje legitimador de esa oligarquía terrateniente agroexportadora.
Una visión exclusivista de la sociedad, que tiene que ver con la idea de progreso y “civilización” sustenta la línea política-ideológica en sus editoriales con un espíritu excluyente y negador de las voces populares.
Por ello me permito disentir en el tema del accionar ideológico, porque creo que Díaz trabaja sobre la idea que el diario La Nación supo y sabe interpretar los intereses de los sectores tradicionales vinculados a las familias que conforman la burguesía agroexportadora” ; El Diario la Nación no interpreta los intereses, ya que son en sí mismos esos intereses, representados en el campo de lo mediático, que tienen el deber de expresarlo y defenderlo, es decir no es un tema de saber interpretar, sino ,como dice Gramsci, amplia desde este lugar la subjetividad de la elite hegemónica y trata de negar otros tipos de subjetividades colectivas.
Es necesario crear un enemigo en la sociedad capitalista neoliberal acusándolo de ser el generador del desorden social y luego de acuerdo a la agudización de las contradicciones, transformarlo en el culpable de la subversión de los valores y la paz social.
En pocas palabras, construye la amenaza desde un relato de “un generador del desorden social”, que será aquel que busca más justicia y equidad y no acepta el statu-quo impuesto antidemocráticamente, que rechaza el deber ser de “un orden de cosas” que sustenta la exclusión y subordinación social.
Este eje servirá para defender permanentemente sus intereses, ya que levantar la bandera de del desorden y anarquía contra “La Paz social “que pregona, podemos señalar que es uno objetivo estratégicos para lograr negociar con el gobierno de turno, de lo contrario será enredar al gobierno que no transige en un laberinto de valores morales e institucionales abstractos.
Este eje de valores sustentado en la paz social y su correlato “el orden”, son apropiado ideológicamente por esta burguesía o sector de poder tradicional, cuya expresión mediática más clara es este Diario, porque afirma y legitima los derechos de esos intereses, y por consecuencia, dentro de su lógica de opuestos, negara derechos a las mayorías populares.
Esta advertencia de manipulación discursiva tiene que estar presente siempre en el análisis ,para reconocer cómo se maneja un discurso en este tipo de comunicación política neoconservadora con visos liberales en lo político y conservador en lo económico y excluyente en lo social.
Es muy importante instalar un pensamiento crítico que vaya señalando las expropiaciones semánticas que en el campo comunicacional este sector ha realizado desde sus inicios hasta nuestros días.
A partir de ello si volvemos a analizar la línea editorial que La Nación opuso a la derogación de las leyes de Obediencia debida y Punto final durante el gobierno de Néstor Kirchner, podemos ir señalando uno a uno los conceptos que son “apropiados” por la lógica liberal: paz social, orden, reconciliación, revolución, proceso, monopolio de la fuerza por parte del estado y por supuesto sus antónimos u opuestos serán: terrorismo, disolución del ser nacional, enemigo subversivo del “orden social”, y tantos otros conceptos “negativos”.
Es el momento vamos entender que los significantes nada tienen que ver con los significados que desde un debate nacional, popular y democrático lo explican.
Esta guía de antónimos se hace necesario desarrollarla y difundirla en el conjunto de la sociedad, porque también es un derecho humano. No tergiversar la verdad haciendo oposiciones irreconciliables es una trampa discursiva de una densidad política significativa y alarmante.
Nada más ejemplar que el título y el contenido dado a su editorial del 25 de Marzo de 1976 “Lo que termina y lo que comienza”, a continuación nosotros deberíamos preguntarnos qué es lo que terminaba y que lo que comenzaba y rápidamente por los hechos acecidos, caemos en la conclusión que era una democracia sociopolítica que se acallaba y reprimía y un orden antidemocrático comenzaba , donde serían apagadas y desaparecidas miles de voces, como así también la crítica política y social, con miles de comprometidos “otros” que irán al exilio. Como vemos el manejo de opuestos es la estrategia de la construcción de ese poder.
Damos un salto y llegamos al gobierno que se inicia en 2003, vamos a encontrarnos la misma lógica en las editoriales del Diario, coincidiendo , como bien lo indica Lorenz con “La vulgata procesista”: “Es un relato que justifica la represión ilegal contraponiéndole la violencia de las organizaciones armadas, apoyado en una memoria subterránea y latente que aflora frente a determinados eventos” , La Nación y su ideología parte de esta vulgata oponiéndose desde el discurso a todo aquello que quiere subvertir el orden de los intereses que representa y que son en sí mismo, con su posición irreconciliable, única y admonitoria.
Esta vulgata no es ni más ni menos que la respuesta ideológica de neoliberalismo conservador de la Argentina, que implica una coherencia en el discurso y una intransigencia en lo social. Desde allí es donde se traduce claramente esa genealogía ideológica que une el pasado con el presente, donde no existe ni la crítica ni la tolerancia, solo exacerbación de la amenaza ( algunas veces en forma velada), el miedo y el terror cuando los intereses se encuentran o piensan que pueden perderse.
Bien lo señal Borrelli en su clase cuando se refiere a la editorial del 24-08-2003 donde el Diario nos habla que, la ley aprobada de derogación atenta “contra la lógica más elemental” sustentándolo en una alquimia conceptual que afirma que “de esa manera de un plumazo se acaba con el Estado de Derecho”.
Con este episodio editorial se hace imprescindible hablar de que es la lógica, y como se la vincula a la racionalidad capitalista, porque la lógica es un tipo de conceptualización, que en el caso del Diario La Nación, va a servir para refutar lo distinto y negar la posibilidad de otro tipo de respuestas.
No es un problema de mentir, es una forma de armar un relato anclado en la modernidad capitalista que sirvió para justificar cualquier tipo de tropelía, como así también de juzgar al otro con las más tremendas consideraciones.
Esa “lógica elemental” que habla el diario la Nación que da como esencial, no es un valor ni esencial ni natural, tampoco un ejercicio intelectual universal y único. Ocurre que existe la necesidad de construir un discurso único que impida analizar los contextos, las situaciones, las contradicciones y por supuesto la fenomenología de los hechos.
Era correcto que desde su lugar la Nación planteará ante la derogación de las leyes referidas “una lamentable tendencia hacia la reapertura de los enfrentamientos sociales”, y será así porque la verdad desde la memoria hace inevitable el conflicto, como el caso de Argentina, donde existían culpables de una situación que tenía como actor aquellos que desconocen y desprecian las necesidades populares y los valores culturales del conjunto de la nación.
Poner a la verdad colectiva en superficie era lo que no podía tolerar este medio. Pero que quede claro, en el caso del Diario La Nación en ningún momento generó autocritica, solo genera mayor posicionamiento de lo que ellos creen no debe ser violado, que son los principios que entienden sostienen al país desde 1853. “el orden de los valores institucionales que la constitución sostiene esencialmente”. La ley de “un nosotros” que desconoce la ley de todos.
Ejemplo ideológico sustancial de ello, son las historias biográficas que escribió Bartolomé Mitre, el fundador del Diario que nos ocupa, donde las construyo de tal manera que la lógica del actuar de los próceres que biografó (San Martin y Belgrano), llevaba a verdades liberales en la conducta y actitud de los mismos, recortando todo accionar que se sospechara de nacional, popular o democrático.