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May
11

Quienes somos "El otro", en “Nuestra América”

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Quienes somos "El otro", en “Nuestra América”

Autor: Lic. Daniel Armando López


“Solos, somos mortales, juntos somos eternos”, grafiti en una pared de Salta, Argentina.


Para desarrollar el tema de quien es “el otro” en Nuestra América, debemos aceptar dos cosas: 1. que “el otro” americano fue y es una construcción permanente, y 2. que la construcción de este “otro americano” tiene como correlato insustituible, la construcción de la identidad Latinoamérica, que es decir, “el nosotros latinoamericano”. “El otro” y la identidad de Latinoamérica, tienen a su vez, como sustancia y ontología, la incorporación como categoría de análisis y comprensión, el acontecimiento singular del mestizaje en su historia. Podemos señalar, que este acontecimiento , se trata generalmente desde dos perspectivas: 1) como fenómeno totalizador e integral desde el siglo XIV hasta nuestros días; constituyendo de esa manera, una categoría fundante de identidad en nuestra América. Denominaremos a esta categoría, “el mestizaje”, y 2) la llamaremos “lo mestizo” y su tratamiento socio-cultural en contextos nacionales o regionales; es decir cómo lo mestizo es visibilizado y significado en diferentes regiones o países del continente, desde México hasta Argentina. Estos enfoques analíticos dan cuenta que “el mestizaje”, genera tratamientos singulares en la interacción socio-cultural y política; debido, a la inevitable interpelación en la realidad que realizó y realiza este acontecimiento. En este trabajo vamos a analizar la primera perspectiva.

Para hablar sobre este acontecimiento, vamos hacer en primera instancia, una sintética pero necesaria revisión histórica, afirmándonos en un paradigma: “el proceso histórico de América fue y es la lucha por la inclusión, ya sea política, social, étnica, cultural y por supuesto económica, de los diversos sectores o grupos identificados con las mayorías populares, y que en su momento fueron y continúan hoy, subalternizados o excluidos” . En muchos casos, sumidos en la pobreza extrema, la indigencia y el arrinconamiento.
Afirmamos también, que estos procesos se desarrollan y toman sus singularidades, de acuerdo al momento histórico y a la nación o región que analicemos de América. Esta óptica pluridiversa, no significa que no existan objetivos comunes continentales de inclusión y emancipación, ya que encontramos subrayados comunes de exclusión y explotación en las diferentes etapas de nuestra historia: conquista, colonización, formación y consolidación de los estados-nación y que continúan en nuestros tiempos de globalización.

Sumamos a lo anteriormente señalado esta reflexión, “el contexto de estas condiciones de marginalidad y por consecuencia de subalternidad se produjo y produce, porque es dominante el interés económico y por subsunción el interés político” . Una de las más importante consecuencias directas, de estas condiciones, fueron que el colonizador o dominador siempre construyó un relato justificador de la exclusión de ese “otro”.

Este colonizador es hijo de la modernidad europea con sus características particulares; los españoles y portugueses fueron los primeros protagonistas directos, aunque en algunos territorios, sobre todo en el Caribe, también lo protagonizaron franceses, holandeses u otras "europeidades”. Luego este sistema o “pacto colonial”, será hegemonizado por las políticas imperiales o neoimperiales de determinadas naciones europeas, como es el caso de Gran Bretaña, durante el siglo XIX y primera mitad del siglo XX; luego llegará la norteamericana con sus políticas de control político y económico sobre el continente, en especial la región del Caribe y actualmente la globalización capitalista; destacando el "fascismo financiero", su expresión más elocuente, como bien señala Boaventura de Sousa Santos, cuando dice: “este espacio-tiempo virtualmente instantáneo y global, combinado con el afán de lucro que lo impulsa, confiere un inmenso y prácticamente incontrolable poder discrecional al capital financiero: puede sacudir en pocos segundos la economía real o la estabilidad político de cualquier país” ,ya que no reconoce territorialidades ni tiempo social propio, económico o étnico de ese “otro”.
Afirmamos entonces que todas estas políticas de dominio o sometimiento sufrido por la mayoría de los latinoamericanos, siempre fueron justificadas desde una ideología moderno-eurocentrista, hija de la cultura occidental en su expresión burgués-capitalista y que en la forma actual se configura como el neoliberalismo a la cual Bourdieu define como “… Esta teoría es pura ficción matemática. Se fundó desde el comienzo sobre una abstracción formidable. Pues, en nombre de la concepción estrecha y estricta de la racionalidad como racionalidad individual, enmarca las condiciones económicas y sociales de las orientaciones racionales y la estructuras económicas y sociales que condicionan su aplicación… las más de las veces abstracta, libresca y teórica, están particularmente inclinados a confundir las cosas de la lógica con la lógica de las cosas…” (la cursiva nos pertenece)
En la actualidad, muchas veces devenida en actitudes posmodernistas europeas-norteamericanas, que continúan sosteniendo la dependencia o la hegemonía de la ideología de la modernidad europea, -salvo honrosas y aprovechables excepciones-, que justifican la subalternancia del “otro”, o la exclusión de “lo distinto”, percibido también, pero desde otro lugar, como construcción que coloca y clasifica en “inferioridad socio cultural” a esa "construida alteridad". Todo ello, por razones sustentadas en una ideología del poder y su correlato justificador, con una actitud perversa de racismo subalternizante que generaba y genera "una clasificación”, que jerarquiza arbitrariamente lo social, como bien lo indica Aníbal Quijano.

Bases de la Identidad Latinoamericana.

Es importante destacar, la necesidad de realizar una síntesis de la génesis de la clasificación de ese “otro” étnico o social, que acá vamos a reivindicar como el “nosotros latinoamericano”, para lograr una herramienta descolonial más eficaz en la lucha contra “la colonialidad”, vigente incluso entre muchos latinoamericanos, en todo el arco social que hoy la practican subjetivamente, discriminando e inferiorizando a ese “Otro” esencial en Latinoamérica.

En primer lugar vamos a hablar, muy sintéticamente del “otro originario”, que fue señalado y tratado como un “otro” inferior, atrasado e incivilizado llamándolo “el indio”, por parte de la migración colonial hispano-lusitana, de la cual nacerá el hispano-criollo o lusitano-criollo, en su mayoría, con la misma actitud ideológica discriminadora. No podemos en esta etapa dejar de señalar que la mayoría fue objeto de la “evangelización” cristiana, que en muchos casos relevantes -en lo cuantitativo y cualitativo-, fue utilizada para justificar la explotación y sometimiento del nativo americano, que ya existía en el siglo XVI y era el poblador originario del continente.

También vamos a hablar de los esclavos africanos subsaharianos, que a “Nuestra América” llegaron en el orden de 3.000.000 o más de almas; un “otro” cultural también singular y con consecuencias predominantes, demográfica y culturalmente hablando, en algunos lugares de nuestra América; lo que Aimé Cesarie denominó: “la negritud”, sobre todo en la región del Caribe, donde esta “marca étnica se manifiesta, cuantitativa y cualitativamente, de manera elocuente. A estos procesos migratorios, vamos a agregar la inmigración que llega en forma masiva en los siglos XIX y XX, a algunas regiones o áreas de la América templada y que pertenecían a sectores marginados y excluidos en sus países de origen, sobre todo de la Europa latina, predominando los italianos y españoles.

Es también significativo señalar la inmigración asiática que comienza en el siglo XX, ya que produjo algunos enclaves poblacionales, importantes demográficamente, con consecuencias culturales de fusión y mestizaje significativos en algunos lugares de América, como los japoneses en San Pablo, Brasil o los chinos en la zona costera del Perú, o los árabes y judíos de origen europeo en Argentina, la mayoría hijos de las injusticias, el hambre o las guerras interimperiales. En la actualidad, podemos destacar enfáticamente las migraciones internas que se producen en toda América, produciendo una transformación de las comunidades en lo que hace al espacio y al territorio.


La construcción de la americanidad

Comenzaremos con los pueblos originarios, como nombramos en Argentina a nuestros paisanos “los indios”; aunque hoy sólo quedan retazos de estas comunidades. Debemos tener muy en cuenta que comenzaron a reducirse notable y sensiblemente desde el momento de la conquista y posterior colonización, como el caso de los aztecas o pueblos mexicanos originarios, los mayas, los chibchas, los grupos originarios del caribe, los incas y sus pueblos subordinados en el momento de la conquista, a los que agregamos enfáticamente los grupos de agricultores incipientes de la selva o la sabana como la etnia guaraní, la cual es la de mayor expansión en nuestro continente suramericano. Por último, los cazadores-recolectores, en las áreas más empobrecidas o inaccesibles desde el punto de vista de los recursos naturales.

Las razones de su reducción drástica y dramática, como ya sabemos, están ligadas a la explotación, las guerras y sobre todo las enfermedades epidémicas que portaban los conquistadores y contra las cuales, las etnias originarias no tenían defensas biológicas para soportarlas. Cabe destacar que en el transcurso de esa conquista y la posterior colonización, en algunos casos, algunas desaparecieron casi absolutamente, como determinadas etnias en el Caribe insular, o quedaron arrinconadas en lugares absolutamente carentes de interés para el conquistador y el posterior colono.

Como premisa ante este acontecimiento, señalamos: la población indígena de América, comienza desde la conquista a desaparecer físicamente en forma vertiginosa y su identidad originaria sufre un shock casi permanente que llega hasta la actualidad, signada por la injusticia, el racismo y la expropiación de sus tierras. Ello hace que los procesos de constitución de una identidad originaria identificable desde el punto de vista cultural, en el espacio y tiempo histórico de los más de 500 años transcurridos desde que llegaron los europeos, se difumen notablemente, a consecuencia del colonialismo y sus prácticas en un primer momento y luego a partir de los procesos independentistas, donde muchos participaron en sus luchas cayendo en los campos de batalla.

Durante la consolidación de los estados-nación, fenómeno que comienza a ocurrir a mitad del siglo XIX, salvo algunas excepciones como Cuba o Puerto Rico a fines del siglo XIX, la colonialidad criolla eurocéntrica conservadora-liberal de la época, instalada en la mayoría de los gobiernos de las diferentes naciones de América, concibió una sociedad de estado-nación “civilizada”, sostenida en una América blanca y culta, adecuada y funcional a los paradigmas de la modernidad europea, lo que implicó en muchos casos otro exterminio o arrinconamiento geográfico y social de estos grupos. Este exterminio en algunos casos fue de mayor cuantía que en épocas de la colonización; recordemos la tristemente llamada “Conquista del desierto”.

El eje ideológico de esa “sociedad civilizada”, lo destaca claramente Enrique Dussel:

1) La civilización moderna se autocomprende como más desarrollada, superior (lo que significará sostener sin conciencia una posición ideológicamente eurocéntrica).
2) La superioridad obliga a desarrollar a los más primitivos, rudos, bárbaros, como exigencia moral.
3) El camino de dicho proceso educativo de desarrollo debe ser seguido por Europa (es de hecho, un desarrollo lineal y a la europea, lo que determina, nuevamente sin conciencia alguna, la falacia desarrollista).
4) Como el bárbaro se opone al proceso civilizador, la praxis moderna debe ejercer en último caso la violencia si fuera necesario, para destruir los obstáculos a la tal modernización (la guerra justa colonial).
5) Esta denominación produce víctimas de muy variadas maneras, violencia que es interpretada como un acto inevitable, y con sentido cuasi-ritual de sacrificio; el héroe civilizador inviste a sus mismas víctimas del carácter de ser holocausto de un sacrificio salvador (el indio colonizado, el esclavo africano, la mujer, la destrucción ecológica de la tierra, etc.).
6) Para el moderno, el bárbaro tiene una “culpa” (el oponerse al proceso civilizador), que permite a la modernidad presentarse no solo como inocente sino como emancipadora de esa culpa de sus propias víctimas.
7) Por último, y por el carácter “civilizatorio” de la “modernidad”, se interpretan como inevitables los sufrimientos o sacrificios (los costos) de “la modernización” de los otros pueblos “atrasados” (inmaduros), de las otras razas esclavizables, del otro sexo por débil, etc.

Por todo ello es legítimo, en principio, generar en nuestros días una reivindicación de la pluriculturalidad, con y desde las etnias existentes y visibilizar los testimonios de las etnias originarias que han desaparecido; con el objetivo, en primera instancia, de señalar que existía otra América a la llegada del conquistador, por lo tanto no existe un historia única que determina la euro-centralidad moderna, “… se entiende que la “ modernidad” de Europa será el despliegue de las posibilidades que se abren desde su “centralidad” en la historia mundial, y la constitución de todas las otras culturas como su periferia, podrá comprenderse que, aunque toda cultura es teocéntrica, el etnocentrismo europeo moderno es el único que puede pretender identificarse con la universalidad-mundialidad” : El “eurocentrismo” de la modernidad, es exactamente el haber confundido la universalidad abstracta con la mundialidad concreta, hegemonizada desde una Europa como “centro”, que deviene en un “homo conqueror”. El sujeto de la modernidad que debe conquistar y civilizar al “otro”.

Como consecuencia, las etnias originarias que han sobrevivido ante esta filosofía de un etnocentrismo excluyente, tienen el derecho inalienable de integrarse a la nación en particular que correspondiese y a la patria latinoamericana en general, brindando también memoria y homenaje, a los que sufrieron la desaparición total y donde sólo nos queda la tradición oral o simbólica de los mismos, cuestión que ocurre en la mayoría de los casos.

Es relevante señalar que la población originaria desde lo étnico-biológico y desde lo étnico-cultural, prácticamente han desaparecido en estado puro, pero desde la perspectiva político-emancipadora, la etnia debe reafirmar su tradición, su historia y sus luchas, como ocurre hoy en Bolivia, Perú, Ecuador, México y Guatemala sustancialmente; por una cuestión muy importante, la participación en el proyecto identatario de “la parte en el todo”, para la construcción legitima de la identidad de “la Nación Latinoamericana”.

Esto significa recuperar la “memoria histórica”, que enriquece la identidad que construimos todos los latinoamericanos cada día, siguiendo la reflexión que realiza Immanuel Wallerstein, cuando nos dice en clave epistemológica, “…en cualquier caso, me vi inspirado por el epigrama de T.J.G. Locher: no se debe confundir totalidad con completitud. El todo es mucho más que la suma de las partes, pero también es sin duda menos” .

Es muy importante, incluir este singular “otro originario” socio-culturalmente, ya que es parte de la historia esencial de América y que en muchísimos casos en la actualidad, se encuentran en situación de marginación, exclusión y pobreza, siendo la imagen vívida de la forma más descarnada y directa que podemos encontrar del testimonio secuencial del colonialismo, el imperialismo y la globalización, consecuentemente en la relación con el colonizador en sus diferentes momentos, a quien debe señalarse enfáticamente su devastadora actitud socio-cultural y política, sustentada sobre la construcción de la alteridad y sus diferentes justificaciones.

Con este acontecimiento, América genera una historia singular, a partir de la conquista por parte de Europa, donde podemos aceptar y promover como “lo contrario” lo que Enrique Dussel denomina: “una respuesta transmoderna”; porque América no es ahistórica, porque sus pueblos originarios ya la habitaban a la llegada de sus conquistadores. Por lo tanto recuperar una “historia propia” desde el colonizado o explotado, invierte la “culpa”. El colonizador debe rendir cuentas de este proceso de explotación, genocidio y sometimiento al “nosotros americano”, lo que está dando otra perspectiva hermenéutica de nuestra América, y que claramente desemboca en una “historia propia” , que es la suma de todas las historias que América Latina generó y genera, aunque la eurocentralidad no la quiera reconocer.

Esto nos hace reflexionar también, que en los primeros tiempos de esta América que comienza a construirse a partir del Siglo XVI, el rol del indio prácticamente es nulo por ineficaz para los intereses económicos coloniales; razones demográficas, políticas, sociales, económicas y religiosas, validan esta afirmación, sobre todo desde la perspectiva de la explotación del recurso natural, tan pródigo en nuestras tierras.

Recién a fines del siglo XIX comienza una revalorización del indio, inspirado primero en una ideología liberal-masónica sobre estas comunidades , donde uno de los pioneros de estas ideas, el peruano González Prada, señala que: “al Indio no se le predique humildad y resignación sino orgullo y rebeldía ¿que ha grabado con trescientos o cuatrocientos años de conformidad y paciencia?...en resumen: el indio se redimirá merced a su esfuerzo propio, no por la humanidad de sus opresores. Todo blanco es, más o menos, un Pizarro, un Valverde o un Areche.” .

Con Carlos Mariátegui, ya en el siglo XX, en la intención socio-política que este grupo social o “clase” tenga un reconocimiento, una visibilidad y un protagonismo decisivo en la lucha por la emancipación y la justicia, desde Perú, abre para toda América, la verdadera situación social, en el siglo XX, del indígena, heredada desde los tiempos de la conquista. Dentro de un planteo ideológico-marxista, Mariátegui se propone fusionar la ideología marxista, en proyección política, con las raíces y realidades latinoamericanas y reflexionar, como consecuencia, sobre este locus social particular y propio en nuestro continente, que es el indio.

Mariátegui, destaca desde “lo socio-político”, la problemática referida como “la cuestión agraria”; economía singular y propia que tiene América, vinculada con el régimen de propiedad de la tierra, donde testimonia la feudalización que sufre Perú en sus hijos indígenas, situación que podemos proyectar a innumerables lugares y economías del continente. Mariátegui potencia la urgencia de la reivindicación del campesino-indio, e instala “la cuestión agraria” como situación socio-económica a resolver, generando propuestas como la colectivización de la propiedad de la tierra, donde incluía formas comunitarias originarias de explotación del recurso natural y rescata el valor socio-cultural de las relaciones interpersonales tradicionales, favorables para la colectivización solidaria y sustentable de la explotación del recurso agrícola. Fue una novedad para la época la propuesta de inclusión que, según considero, es una de las primeras reivindicaciones en el tema social del Siglo XX y XXI para nuestro continente y para el proceso de identidad política “propia”, como categoría de comprensión y análisis de nuestra realidad socio-cultural.

Si bien esta óptica de transformación no se pudo lograr en la praxis, es importante la visibilización del problema de la tierra como una continuación del colonialismo en manos de criollos blancos. De esta manera, se universaliza al indio como campesino, socio-políticamente hablando , por lo cual al problema agrario se torna imprescindible abordarlo a partir de este pensador y político. Mariátegui pone en superficie de debate, un paradigma central en la problemática de la emancipación latinoamericana, que es “el significante” que representa la propiedad de la tierra, (el agrarismo), y el correlato con el poder político y la apropiación del estado por parte de las clases del privilegio (Oligarquías) y la exclusión del “otro” indígena, manteniendo el statu quo de la riqueza agraria como propiedad individual latifundista.

Es muy similar al planteo de alguien que debemos rescatar del casi olvido; nos estamos refiriendo al trabajo ensayístico y político del colombiano asesinado en 1948: Jorge Eliécer Gaitán; que con su UNIR, partido político que funda en el 1932, en principio y luego a través de su participación en el partido Liberal Colombiano -coincidente en la militancia y contemporáneo de Mariátegui, prácticamente-, tuvo el mismo compromiso y búsqueda de caminos emancipatorios frente a los propietarios del “poder de la tierra”.

Gaitán denuncia la propiedad irracional de la tierra y la explotación salvaje del “otro” campesino, por parte de las oligarquías locales, funcionales y protegidas por los intereses transnacionales y sobre todo, con sus consecuencias de injusticia, violencia y exclusión de los sectores populares, en este caso, del campesinado latinoamericano en Colombia.

¿Indigenismo?

A propósito del indio, queremos hacer unas reflexiones sobre el tema del “indigenismo” y su percepción como una herramienta eficaz de emancipación. El punto de vista del indigenismo y su propuesta de reivindicación y justicia social, muchas veces realizada desde una dimensión académica, se presta peligrosamente a aislar esa realidad étnico-social del protagonismo integrador e incluyente, ya que la inclusión político-cultural es reclamada por el propio indígena, por lo que se produce una distorsión del “indigenismo”, transformándolo en un concepto más ideológico que fenomenológico, que parte más del investigador y su carga de occidentalismo analítico-crítico y humanista, que desde las expectativas de los pueblos originarios; incluso al concepto podríamos aceptarlo como una herramienta política, necesaria aunque no suficiente, para el propósito de la inclusión socio-política en la decisión de nuestros paisanos, los indios. El indigenismo a ultranza, niega el sentido de la revalorización de un “otro” colectivo e integrado a una alteridad latinoamericana colectiva, que separa al indio del conjunto de reivindicaciones de la sociedad latinoamericana alterizada, sosteniendo sin querer o queriendo un exotismo aislante y asfixiante.
En este tema, es importante citar a Luis Tapia, sociólogo boliviano, cuando habla del proceso de transformación que vive Bolivia y nos señala respecto a la emancipación; la necesidad de un frente de lucha integrador que trasciende el indigenismo: “el horizonte político del presente siglo está configurado por las rebeliones nacionales-populares y comunitarias que bloquean la recomposición del dominio neoliberal en el país” .
Se exige, desde los mismos grupos marginalizados ser parte de la nación y también ser incluidos en la decisión como actores y no receptores de herramientas salvíficas a su situación político-social. Al respecto innumerables testimonios lo señalan, antes y ahora.
A esto le sumamos, que debemos analizar el tema indígena dentro de un contexto de mestización o hibridez socio-cultural y político, explorando las herramientas epistemológicas que emergen, seguramente, de este acontecimiento.


El mestizaje Latinoamericano

El tema de la hibridez o mestizaje en “Nuestra América”, vamos a introducirlo con conceptos de García Canclini cuando señala que: “la construcción lingüística (Batjin, Bhaba) y social (Friedman; Hall; Papastergiadis) del concepto de hibridación ha colaborado para salir de los discursos biologicistas y esencialistas de la identidad, la autenticidad y la pureza cultural. Contribuye a identificar y explicar múltiples alianzas fecundas: por ejemplo; del imaginario precolombino con el novohispano de los colonizadores y luego con el de las industrias culturales (Bernard, Gruzinski), de la estética popular con la de los turistas (De Grandis), de las culturas étnicas nacionales con las de las metrópolis (Bhabha), y con las instituciones globales (Harvey). Los pocos fragmentos escritos de una historia de hibridaciones han puesto en evidencia la productividad y el poder innovador de muchas mezclas interculturales” ; a este proceso de fusión, tenemos que abordarlo como uno de los procesos de integración más estratégicos para las políticas de descolonización que tenemos que difundir, y hasta propagandizar; ya que son de los más eficaces discursos emancipatorios para América Latina, por el hecho de ser un fenómeno singular, colectivo y por sobre todo novedoso y creativo en los diferentes ámbitos de la vida socio-política y cultural de las comunidades latinoamericanas, más allá de los obstáculos que presenta desde la perspectiva ideológica, se necesita una integración en una conciencia colectiva; y éste es un buen camino.
El mestizaje generaliza una vivencia colectiva común que debemos señalar, explorar e instrumentar y que se articula con la voluntad de la inclusión, bandera del grupo alterizado, venga de donde viniere, ante la clara contradicción que se les presenta a las elites conservadoras-liberales, corporativas y excluyentes, cuando plantean o cuando se expresan en la acción y dan caracterizaciones singulares sobre “el otro” indígena o mestizo (los dos nativos que en esta perspectiva emancipadora son similares), con un sentido exótico y folklórico, como es el caso del indígena, dándole mucha carga de romanticismo y nada de compromiso, construyendo políticas de asistencialismo y no dando participación en la decisión como se merece cualquier grupo o comunidad americana en nuestro continente.
En el caso de “lo mestizo”, en particular, se instala desde la elite como un fenómeno pasajero, como el de un sector social que tiene características de ser etapa, transición o paso hacia otro estadio social de mayor status en una “sociedad blanca”.
Vamos a incluir en esta categoría identitaria que denominamos “el mestizaje”, el proceso de incorporación de otro grupo social, significativo cuantitativa y cualitativamente en América, que es producto de la migración forzosa: el esclavo subsahariano, y las consecuencias inevitables de fusión que ocurrieron con su llegada y en el desarrollo histórico continental. Ante todo, debemos considerar como premisa contextual que: el sello de América fue la permanente situación de dominio, explotación y alterización, en este acontecimiento también, ocurrió, sobre estos migrantes que llegan a América como fuerza de trabajo, sobre todo hasta principios del siglo XIX.

Pero regresemos al acontecimiento de la llegada masiva del esclavo africano. Fernando Ortiz cuando habla de Cuba, destaca este proceso de incorporación y sus consecuencias y lo llama de “transculturación”. Es importante, lo que este investigador induce a pensar: otra singularidad y la construcción de “otra identidad” propia de América, en este caso tomando a Cuba como ejemplo, donde destaca sobre todo “el mestizaje”, a partir de la migración forzosa africana transformadora de la realidad socio-política. A través de estos protagonistas, con sus condiciones particulares de desarraigo y de inserción en esta nueva realidad, el mestizaje va a ser dominante en esta isla del Caribe y en muchas otras regiones.

Singularidades, que en este proceso de inmigración se destacan, que como bien dice Ortiz, ya que solo llegan con su fuerza de trabajo y con su espíritu, y no traen sus instituciones originarias, “No hubo otro elemento humano en más profunda y continua transmigración de ambientes, de culturas, de clases y de conciencia” . Sin embargo su inserción en la fusión e identidad cultural de América tiene una importancia sustancial, el trabajo de Quintero Rivera los destaca en la música, por ejemplo, pero a partir de esta inmigración se va desgranado un rizoma deleuziano, con consecuencias integrales en todo el universo cultural centroamericano muy intenso; porque este caso genera ineludiblemente mestización e hibridación.

Es así, como debemos valorar la comunidad africana esclava subsahariana, que llega forzosamente al Caribe y al norte de América del sur y el norte del Brasil, que son los escenarios masivos de este proceso en Latinoamérica, si bien su presencia está en casi toda América, por consiguiente, constituyendo otra parte de la historia de la construcción identitaria de la “Nueva América”.

Más allá de que no podemos dejar de esencializar, desde la perspectiva identitaria, que América se nutre de un proceso masivo de migraciones forzosas africanas, también está el protagonismo de las migraciones “voluntarias” aluviales, a partir del siglo XIX y hasta la mitad del siglo XX, sobre todo, en la Suramérica templada. En este momento y en este locus, se torna muy interesante el análisis relacional con la segunda revolución industrial inglesa, ya que comienza a integrarse un área de América Latina, que no había tenido un protagonismo destacado hasta ese momento. Nos estamos refiriendo a la pampa Argentina, Uruguay, el sur de Brasil y Chile, desde el punto de vista productivo y extractivo. Se podría ver también, un proceso similar en Costa Rica, como excepción en el área Caribe.

Durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX en estos países, comienza a producirse una migración aluvial europea que cambia el carácter de esas naciones, del punto de vista social, son las llanuras templadas de Suramérica, con transformaciones culturales y políticas significativas, que son protagonizadas por estos nuevos sectores, también marginados, pero que ahora provienen de la misma Europa y en menor medida del Asia.

El fenómeno de integración emerge inevitablemente y las sociedades se transforman, más allá de que fue alentado pero no aceptado totalmente por las elites liberales-conservadores, instaladas en los gobiernos de turno, ya que no respondían a sus expectativas ideológicas, pues esperaban un inmigrante culto y “civilizado”. No era la inmigración deseada o imaginada, que ellos mismos habían promovido y estimulado, generándose a partir de ello un tipo de racismo singular, en este proceso que tiene que ver con calificar analfabetismo y marginalidad social como rasgos de inferioridad racial y cultural.

Esta mano de obra marginal europea que llega, necesaria pero subalternizada, comienza a transitar otro camino de exclusión. Como consecuencia, responde con luchas sociales y políticas de reivindicación e inclusión. Se inunda Suramérica de rebeliones, huelgas, movilizaciones muy importantes y absolutamente novedosas para la lucha por la inclusión que se funden con otras, en el camino de la emancipación americana, que habían ocurrido hasta estos momentos. Llegan de esta manera ideas anarquistas y socialistas de la vieja Europa, pero a través de actores y no pensadores sustancialmente, aunque podemos destacar la figura de Rafael Barret (1876-1910), español, poeta y filósofo anarquista, que anduvo por estas tierras. Más allá de estas excepciones intelectuales comprometidas, nace un escenario político de masas “propio”, donde la fusión entre lo ideológico y la praxis es un acontecimiento considerable y enriquecedor en el proceso de mestizaje político.
A manera de síntesis
Como síntesis, podemos señalar que la “Nueva América” surge de un proceso colonial iniciado en 1492, que tiene la característica, como bien lo destaca Dussel, de ser, a partir de ese momento, la apoyatura esencial económica de la modernidad europea; modernidad que construye una historia central con una periferia desvalorizada e inferior; donde “el otro” cultural americano que se gestaba y se gesta, es ignorado y rebajado a una escala de subalternidad exasperante. Hay una complicidad ideológica y pragmática de nuestras elites gobernantes liberales-conservadoras, que construyen un imaginario proeuropeo imposible de lograr socio-políticamente, y que en ese contexto histórico va aportando contradicciones, dando como resultado una singularidad pluridiversa en la construcción identitaria.
Como bien insiste Dussel, el proceso histórico de América es un “proceso propio”, que surge a partir de la conquista, rescatando también la historia de los pueblos originarios, anterior a la presencia europea en el continente, como parte de nuestra identidad.
Este es un proceso que participa de un modo particular en el destino de Europa, pero en el lugar opuesto, alimentada por una relación dialéctica, donde de un lado se encuentra Europa, que sustenta la existencia de la modernidad iluminada y civilizatoria y en el opuesto, está “el lugar de América”, a la cual no se le permite participar en la decisión de su destino, ni ser reconocida como otra centralidad, que está en estado activo y que hoy, como resultado, podemos afirmar ha logrado un perfil identitario singular, propio, y concreto, que se construye día a día.
Es entonces que hablar de una construcción identitaria propia de Latinoamérica, nos hace ver y valorizar diferentes momentos y procesos centrales en nuestra historia, que alimentan este perfil de nuestra América. Los saberes de América se confunden en un saber que va transformándose en un colectivo ideológico común: la emancipación, la liberación y la inclusión. Creemos que esta perspectiva aporta al planteo transmoderno que propone Enrique Dussel.
De alrededor de los más de 500.000.000 de habitantes que tiene América en la actualidad, el 90 % o más, provienen de procesos de mestizajes intensos, biológicos y socio-culturales, a partir de todos los procesos de migración forzosa o voluntaria que se dieron durante los más de 500 años de vida de América latina; biológicamente hablando solo un 10% tiene una vinculación pura con los pueblos originarios.
A la perspectiva biológica del mestizo se le da connotaciones “racistas”, instaladas ideológicamente por la modernidad europea-criolla, que le otorga a lo “mestizo” un rol desvalorizante y secundario en América Latina; cuando es el fenómeno más importante en un sentido integral y totalizador, de todos los fenómenos que acaecieron en América en los 500 años que tenemos de vida, construyendo identidad y el “nosotros americano”.
Por todo ello, es que destacamos este fenómeno de fusión y de mezcla, que no se valoriza lo suficiente en los estudios de la academia sobre América latina. Cuando hablamos de mestizaje no nos referimos a la manipulación que ciertas elites en determinadas naciones de América hicieron con este “signo”, como afirma Rita Segato, “ el control territorial consolidado de elites criollas regionales o nacionales, blanqueadas y eurocéntricas, auto declaradas “ mestizas” cuando desean defender sus posesiones nacionales frente al otro metropolitano o inscribir en su heráldica los iconos “ folklóricos” de las tradiciones que florecen en sus dominios, y pretendidamente “blancas” cuando quieren diferenciarse de aquellos a quienes despojan en esos territorios”. .
De esta manera, estamos haciendo circular conceptualmente el signo “raza”, como una construcción. Como señala Aníbal Quijano, “…mantener, acentuar y exasperar entre los explotados/dominados, la percepción de las diferentes situaciones en relación al trabajo, a la “raza” y al “género”, ha sido y es el medio extremadamente eficaz de los capitalistas para mantener el control del poder, la colonialidad del poder ha tenido en esta historia el papel central…” .

Por ello estamos señalando que el “otro americano” es un proceso integral de fusión que ocurrió en toda América horizontal y verticalmente. Es el principio de nuestra identidad, no vamos hacia otro estadio, somos eso, somos mestizos o híbridos en palabras de García Canclini.
Eso lo afirmamos porque que en la identidad americana la mestización abarca la mayoría del corpus demográfico y sus consecuencias en lo cultural, social y económico ya sea individual como institucional. Las naciones americanas no son un espejo de la lógica y de la episteme analítica europea en ningún orden, político, económico o social. Culturalmente somos otra cosa, somos un “otro” que se fue construyendo hace por lo menos 500 años y que continúa haciéndolo.
Queremos dejar claro que cuando nos referimos a mestizaje, lo decimos en referencia al proceso general, totalizador y comprensible desde cualquier lugar: “mestizaje es el encuentro biológico y cultural de etnias diferentes, en el que éstas se mezclan, dando origen a nuevas razas. Se utiliza con frecuencia este término para describir el proceso histórico sucedido en Iberoamérica que la llevó a su estado racial y cultural actual. En la historia de las naciones modernas, el mestizaje fue atravesado por numerosos factores, como el clima, las particularidades culturales de cada comunidad, u otros aspectos que provocaron que en diferentes regiones dentro de un mismo país, el mestizaje haya sucedido en diferentes ritmos y grados de profundidad. el ejemplo latinoamericano es notable, puesto que ejemplifica una mezcla étnica expandida por gran parte del territorio” .
Este discurso nos permite aportar un camino de emancipación, que tiene como característica la inasibilidad en la diferencia, por parte del que domina o quiere direccionar desde una posición dominante un camino de identidad, que no es el nuestro. El problema más complejo, pero también la fuente ideológica colonial o neocolonial del dominador, es también nuestra condición de mestizo, idea que se manipula y utiliza como eje de exclusión porque construye una clasificación social falsa, que jerarquiza y divide a la comunidad latinoamericana.
Lo identitario en esta construcción permanente y su sentido emancipador, permite que no podamos ser definibles para quien sostiene racismo y exclusión, somos inasibles, nos piensan imprevisibles y por lo tanto no somos confiables a los intereses que sistemáticamente hicieron de América, la fuente irracional de explotación de los recursos y la consecuencia del genocidio, la explotación y la negación del respeto por el “otro americano”.
Nos merecemos nuestra singular identidad, cada uno de los que habitamos este continente, vital, exuberante, infinitamente rico, pero más infinitamente propio. Como dice Arturo Roig sabiamente: América no es un “deber ser” sino que es “ser”; por lo tanto tenemos nuestra propia ontología, y desde Dussel decimos que hablar de un “otro americano”, como lo estamos tratando en este trabajo, es uno de los caminos sugeridos hacia y en la transmodernidad, que quiere estar fuera de una sociedad dependiente, racista, subalternizada y excluyente, sin identidad propia y con la imposición de valores ajenos a nuestras expectativas y deseos como comunidad liberada y soberana.


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Daniel A. López
Salta-Argentina